Ahora desde que te vi, desde que conocí y rocé tus delicadas y nórdicas manos, desde que puedo verte, ver a tus hermosísimos ojos azules, desde que tengo el privilegio de conocerte, de hablarte, de decirte lo que siento. Después de tantas cosas, eres lo más bello que me ha pasado, una rubia como tu no hay, con tu porte, elegancia y majestuosidad, bella dama europea, te estaba esperando y al fin llegaste.
Te veo y no lo creo. Adusta raza sólida aria. Todo en ti la sensación de la fría y culta Escandinavia, recuerdas tu cultura y tu medio, pero tus ojos gélidos y europeos no traen tristeza sino que te has contagiado de esta alegria latina, colombiana, todo en ti da cierto esplendor, imponencia, superioridad.
Parecer la mujer perfecta, cuando llevas 6 meses en Colombia y te ha encantado este país, ¿Cómo? No lo sé, pero eres noble y al mismo tiempo fuerte, prágmatica, sólida, de carácter potente y equilibrado, super culta. Eres la mujer soñada; eres independiente y fuerte. Tu sin quererlo me has enseñado a sentirme orgulloso de mi propio país.
Todo en ti es casi ideal, eres genial, a tu lado se siente como estar con la realeza, tu forma de ser es completamente diferente: civilizada, no como las chicas de acá cuyo amor quemante y exigente demanda hasta lo más mínimo, asfixiante.
Todo de ti me gusta, salvo un pequeño e ínfimo detalle: ¿Por qué carajos te tenía que gustar el Reguetón? ¿Por qué te gusta subirte a las chivas de Bogotá y tratar de bailar ritmos latinos? Y una última cosa que no entiendo: ¿Por qué te gusta el mojito y la cerveza Águila?
Y hoy, como todos los 13 de Agosto, cómo no recordar la memoria de Jaime, del día en que se nos fue Jaime. Cómo olvidar ese maldito viernes. Recuerdo que ibamos en taxi para la casa de la abuela y ahí no enteramos, como a eso de las 10 de la mañana.
Van 13 años, ¿no? 13 años sin Jaime. Como me hubiera gustado ver a Godofredo Cínico Caspa hablando sobre el gobierno Uribe o del actual gobierno Santos; personalmente ese era mi personaje favorito, excelente, una re-nota, me identificaba mucho con él, jejeje. Da nostalgia realmente, recordar a quien fuera de alguna u otra manera un maestro para mi, alguien que dió la vida por este país, que creyó ciegamente en él, en que esto se podía mejorar, cambiar, como solo él era capaz de creer, en ese "norte demasiado largo".
Garzón fue un colombiano épico, alguien a quien yo quise seguir, no tanto por sus ideas de izquierda como por el convencimiento de que realmente se necesita cambiar la forma de pensar de nuestro país, inquietarnos por esto llamado Colombia, asumir un sentimiento de propiedad general y todas esas cosas chévere y bacanas de las que hablaba Jaime.
Sigue siendo una exquisitez ver sus entrevistas en Youtube, seguir oyendo su dicción genial, su pensamiento rápido, su capacidad de crítica, esa forma tan sútil pero al mismo tiempo tan mordaz que tenía para decir las cosas, para decir las cosas de frente, a la cara, para manifestar su inconformidad como un verdadero ser humano, no como otros que se escudan en la más vil y humillante cobardía, como rastrojos repugnanes y asquerosos, pequeñas verguenzas de este país, repulsivas ponzoñas, remedos de seres humanos, retoños bastardos de la mal llamada "cultura" del narcotráfico. Él fue un ejemplo de ser humano, capaz de enfrentarse de cara a sus contradictores.
Claro que yo antes decía que a partir de ahí, a partir del asesinato de Jaime, este país no tenía más salida y que finalmente se seguiría desangrando y detortillando de a pedacitos, y que la única solución era empacar maletas e irnos, soñar con tras latitudes, etc, comentario que mereció no se cuántas decenas de Likes. Y hoy, 13 años después de ese suceso, creo que es necesario revisar nuevamente el legado de Jaime Garzón.
Garzón creía en la vida, creía en las instituciones, en la Constitución del 91, a pesar de todo creía en una nueva Colombia, creía en que esto se podía mejorar. El mejor homenaje que se le puede hacer hoy a Jaime, a todas esas víctimas anónimas, es el de haer posible esa patria mejor, porque haciendo ese homenaje, a ese personaje que era Garzón en realidad estamos construyendo también Patria, democracia, o como sea que se llamen esas cosas, "tener un país, mínimamente más agradable".
Yo fui de los que resolví que a partir de ese 13 de Agosto que se fuera para la mierda todo, que Colombia no valía un peso y que esto no iba a dejar de ser una república pastoril. Sin embargo eso ya no es cierto. Colombia si tiene con qué, y mucho. Y si se puede.
Homenaje a Jaime Garzón año 2010
Hace un par de años tuve la oportunidad de conocer a un señor alemán radicado en Colombia, de nombre Jürgen. Estaba yo prácticamente de sapo, acompañando a un amigo. Estaban cerrando una transacción de la venta de una hacienda ubicada en el llano, con no sé cuántas cabezas de ganado, hectáreas, caballos, etc. El alemán era el que la estaba vendiendo. Y luego de eso nos contó un par de anécdotas de amigos suyos que vinieron desde Alemania a hacer riqueza en Colombia, a los llanos. Y muchos de nosotros, colombianos, somos los que queremos hacer lo mismo allá, así que: ¿Al fin qué?
En una entrevista de los años 96 o 97 talvés, del programa los reencauchados de esa época, Garzón hablaba de que en Colombia sigue habiendo una abundancia grandísima, y citaba al Chocó donde en una ocasión le ofrecieron un limón que él creyó aguacate.
Mejor dicho, el cuento es que Colombia puede ser una nación mejor, que esto no es del todo un país de hijos de puta, si quedan algunos por ahí todavía, sobre todo camuflados en internet calumniando cobardemente como gusanos viscosos e infectos de odio, "esa repulsa de individuos que no debiera permitírseles el uso de un computador con conexión a internet" diría Godofredo; pero afortunadamente son una especie en vía de extinción.
¿Y al fin quién fue el que mató a Jaime Garzón? Las investigaciones y algunos periodistas afirman categóricamente que ya hay señalamientos con pruebas, y se refieren específicamente al entonces general del ejército, Mora Rangel. Terrible si fue así. Lo que si sabemos es que, como dice Hollman Morris, a Jaime lo mató "La propaganda negra". Todavía tenemos ese vicio cruel de señalar a alguien, de dañar con las palabras, de calumniar, de vilipendiar, de injuriar con mentiras viles como viles y ruines tienen la lengua algunos comentaristas. Como cuando acusaban a Jaime Garzón de ser estafeta de la guerrilla, de ser guerrillero, que departía con los narcotraficantes del Valle, y un sin fín de embustes varios. Todavía persisten esas palabras que son capaces de hacer tanto daño, que en nuestro país todavía no se tolera la crítica, el diálogo, el encontrar un acuerdo, en fin. Pero hay esperanza, se puede cambiar esto, todavía se puede.
13 años, 13 de Agosto, curioso número para un Escorpión, el número de la vida y de la muerte, el número de la renovación: Muerte y Resurreción. Para uno de esos pocos escorpiones que no es un verdadero hijo de puta, casi todos los son, pero Jaime es de esas pocas honrosas y excelsas excepciones. Alguien que decidió ser un Águila y digno representante, en vez de o ser una Lagartija gris o un verdadero escorpión con un odioso y cruel veneno.
Jaime Garzón le hace mucha falta a este país, pero el reto consiste en asumir y ser dignos de ese legado que el nos heredó, de creer en este país a pesar de, a pesar de. A pesar de todo, a pesar de que uno se sienta tentado a asumir el rol pesimista de "por eso es que este país está como está", porque siempre nos ha sido más fácil no hacer nada y "dejar así". Jaime siempre estará en el corazón de todos los colombianos que queremos un país mejor, osea de la gran mayoría. Algún día tenemos que estar a la altura del país en el que nacimos, así que a apagar ese hijueputa televisor y a leer.
"¿Extrañar? Extrañar es tan solo un verbo, una perplejidad del alma, un aliento de un corazón estulto como el mio. Y aún así, extrañar" Yo
¿Y cómo no extrañar? ¿Cómo se le exige al corazón que desconecte sus sentimientos de la cabeza, del aparato cerebral? La cabeza solo debería servir a propósitos intelectuales, y ser el cerebro el órgano rector y nunca supeditarse a la voluntad de ningún otro. Debería, si, y sin embargo no es así, las cosas revisten otro carácter.
¿Cómo no extrañar? ¿Si cada vez que paso metido en el Transmilenio en las mañanas y en las tardes (si, haciendo curso de enlatados), para ir a la oficina y devolverme a mi casa, no puedo evitar que cada vez que paso por aquellas columnas de la entrada, la gran puerta de cristal, de ese gran edificio de cinco pisos de la calle 52 con Caracas, me recuerde a ti?
¿Cómo no extrañar tu presencia a mi lado, tu lejana cercanía, esos labios tuyos prohibidos que siempre aspiré rozar, incluso (¿por qué no decirlo ahora?) tu figura también prohibida, tan cerca pero tan lejos? Si eres una dama, de esas que ya casi no hay, de esas que solo se me aparecen en el camino cada nueve años. Me cuesta un poco no extrañarte, porque cada vez que escucho esto, me sabe a ti:
¿Cómo no extrañar tu mirada, tu piel tierna, blanca y alemana, tus mejillas, tus dedos, tus manos, tu pelo, abrazarte y jugar a que eras mia, en estos meses que nunca más volví a sentirme solo contigo a mi lado, en que tu presencia y tu imagen en mi mente se volvieron la excusa para ser feliz por breves instantes y sonrisas que nadie más que yo entendía?
Reir solo como un tonto en el acordeón de Transmilenio recordando las veces que nos ibamos juntos; siempre disfruté aquellos breves instantes de carcajadas, de anécdotas, de olímpicos bostezos que alternabamos al son de las paradas. Siempre soñé que podría ser una realidad, estar a tu lado, para siempre, fantaseé con hacerte cambiar de opinión alguna vez, con tenerte fieramente como tiene un caballero teutón a su princesa, aunque tu me hubieras dicho lo contrario, aunque eso provocara que durante largas noches escuchara esto una y otra vez con una molestia ingénua en la garganta:
Después de todos estos años volví a soñar con aquella palabra que consideré ridícula. Sin duda alguna es maravilloso levantarse todos los días con esa ilusión entre el pecho. Solía levantarme pensando en ti, queriendo ocupar el lugar de tu desordenado reloj biológico y despertarte somnolienta con una llamada a tu nokia rojo. A veces lo lograba, a veces no. No podría saber ni explicar cómo, ni a partir de qué momento ocupaste un lugar en mi vida tan importante, en qué instante te volviste mi rubia hermosa, a partir de qué momento te metiste aquí adentro de esto que la biología adjudica la labor de bombear sangre por todo el cuerpo y que la poesía cree es el motivo de nuestros suspiros, de mis suspiros por ti.
En el fondo fueron buenas aquellas veces en que terminabamos peleados y agarrados, ¿por qué? Porque fueron esos momentos donde más te extrañé, donde más me hiciste falta, donde era más irresistible llamarte, hablarte, estar contigo, verte.
¿Cómo no extrañarte si tu fuiste mi primera vez en algunas cosas? Como por ejemplo aquella vez que tu juras y juras que lloré (lo cual desde luego, lo sabes, no es cierto). Tu fuiste la primera vez que tuve que subir tanto, tu fuiste la primera vez que hinqué rodilla durante tanto tiempo, tu fuiste la primera vez que depreco en semejante desproporción, irracional quizá.
¿Cómo no extrañar todo eso y más? Si por primera vez, después de estos nueve años, de mis labios brotaron esas dos palabras que prometí nunca iba a volver a pronunciar, cuando pensé que nadie más iba a volver a merecerlas, cuando juré con rabia que nunca iba a volver a utilizarlas. Y apareciste tu, sin avisar, de repente. Esas dos palabras que causan escozor a veces, felicidad otras (cuando son correspondidas), que nunca he dicho a la ligera, que marcan tanto el universo individual de uno, que deben ser articuladas con precaución y cuidado, y que una vez pronunciadas en frente de esa persona, se le entrega a ella el poder para destruirte, y por alguna absurda y extraña razón incomprensible, confiar en que no lo va a hacer. Esas dos palabras que dudé tanto en deletrear en frente tuyo y que marcaron el primer semestre de este año para siempre y quizá mi vida entera: Te amo.
Y es por ello que en mis propias estadísticas observé que esto solo pasa
cada cierto tiempo, nueve años según mis cálculos, como cuando pasa un
cometa cada cierto tiempo por la Tierra. Y este primer semestre sucedió de nuevo, otra vez, sin avisar.
¡Qué fácil fue soñar!
Fue hermoso sentir eso durante todo este tiempo y siempre he dado gracias a Dios por eso, por haberla conocido a ella, siempre. El corazón agradece esos sentimientos nobles, bellos, maravillosos, prodigiosos, de ensoñación, sinceros, magnánimos, celestiales, fantásticos, extraordinarios, divinos e irracionales que se sienten, sinceramente, hacia una mujer tan bella como ella, a esa chiquilla tan especial que generaba enemil sensaciones cuando se estaba en frente de ella, cuando este corazón latía por ella.
¿Cómo no extrañar todo eso y más? Si, es cierto. Pero hay momentos de la vida donde uno debe decidir pasar la hoja, reconocer que en cierto momento la lucha es inútil, que ya no hay posibilidad de éxito, donde el último asalto ya fue dado sin resultado favorable y lo más sensato es replegarse. Si, ese momento incómodo de tomar la iniciativa y hacerse a un lado. Aceptar que la vida es así, a veces se dan las cosas, a veces no. En ocasiones las cosas no obedecen a nuestra propia voluntad sino a la voluntad de la Divina Providencia, que es siempre perfecta y justa.
Solo me resta decir que, aún con todo, ella se ha ganado un espacio aquí en el corazón, que la voy a recordar siempre, como esa rubia alta y atlética, como esa dama bella y de modales propios de una mujer respetuosa y digna de amor sincero, como esa chiquilla inteligente y madura (también un poco malgeniada), como esa mujer que merece alguien a su altura, alguien que cuando muera de celos él jamás le diga nada.
Y siendo así las cosas, con ocasión del cumplimiento esta semana de veintiséis primaveras, termino este post diciendo que: hay muy poco que celebrar, mucho trabajo por hacer y este amor que olvidar. Y que todo en esta vida, pasa.
¿Recuerdas aquellos viejos tiempos? ¿Aquellos buenos viejos tiempos? En que nuestras preocupaciones eran tan sencillas, tan vanas, tan livianas. Claro que ahora puedo decir que eran todo eso porque ya no estoy allí, pues en aquel momento eran tragedias terribles, que merecieron una cavilación enfermiza, cegadora; hoy son cosas sencillas, pueriles. Todo se ve más fácil en retrospectiva.
¿Recuerdas cuando todo era más sencillo, cuando solo debíamos levantarnos en la mañana y prepararnos para ir a la escuela, comer del pan tibio siempre servido sobre la mesa, todos los días, sin ninguna preocupación, e ir a la escuela? ¿Cuando la única fijación era estudiar, leer, atender a clase o amar en secreto a alguna profesora? Aquellos buenos viejos tiempos, donde el único y verdadero desafío vital lo constituía el debatirse entre si ir o no ir a entregarle la carta de declaración formal de amor a la muchachita del otro extremo del salón (o de otro salón).
Esos eran los tiempos del ayer, de ese pasado que se ve cada día más lejano, de esa colina que se ve cada vez más y más profunda, alejada, allá en el horizonte. Es bueno mirar de cuando en cuando hacia atrás, por encima del hombro, aquellos días de antaño que comienzan ya a desdibujarse. Esa terrible sensación de que todo lo del ayer era más fácil y ecuánime.
Parece ser que uno de los síntomas inequívocos de que se comienza a ser viejo es esa nostalgia mortal que nos embarga a veces. ¡Pero ojo!, se comienza, no se es, aún. Una profesora mía de filosofía, muy querida, decía que la vejez empezaba en el momento en que uno empezara a escuchar boleros. No es mi caso en este momento, así que aún disto de mi cuarta edad.
Decía que el pasado se ve más distante, y que recordar aquellos días de sencillez e inocencia provocan cierta nostalgia. Talvés porque el presente nos parece aterrador, vacío, desprovisto de esa magia que tenía el ayer, esa ensoñación infantil de vivir con la emoción por el día siguiente, de imaginar qué podía pasar, de imaginar el aula de clases, los pupitres, el olor de los pupitres, los cuadernos, los inmortales lapices Mirado, la lonchera, lo que traería la lonchera esta vez, los amigos, y los juegos de fútbol con una botella de no se qué llena de paquetes de papá vacíos. Así como la primera parte del libro de James Joyce:Retrato del Artista Adolescente, donde su primera parte de vida adolescente es sencilla, simple, despreocupada.
Ese tiempo que ya no es, que se ha ido, porque los días se me van, se me van yendo, porque uno se hace más viejo, experimentado, terco, arrogante, orgulloso, prepotente, intelectual, millonario, pensador, lector voraz, tranquilo, dogmático, creyente, clasista. Y pese a todo aún con muchos asuntos pendientes, con sueños aún por despegar hacia las estrellas, hacia el infinito, con proyectos, empresas por fundar, bóvedas enteras por llenar de oro y plata, Europas que visitar, en fín, cúmulos y cúmulos de mil sueños conocidos y secretos, ideales fecundos, de imposibles que alcanzar.
Aquella colina se vada cada vez más distante, más lejana, comienza de pronto a confundirse con el horizonte. Y el camino adelante se ve inquietante, a veces oscuro y estrecho, otras veces ancho y espacioso, o quizá sea un mismo sendero que se bifurca en dos. ¿Cuál elegir? ¿Cuál de los dos senderos elegir? ¿Hasta dónde se verán aún los dos y no uno solo? Aún se puede elegir; ¿Hasta cuándo? Algo de sabiduría tengo al elevar una plegaria en mi corazón, y pedir a Dios elegir el camino correcto.